viernes, 13 de diciembre de 2013

La capacidad de detener la historia.

Todo poder, -o régimen- se vale de diferentes mecanismos para perpetuar y garantizar su control, o dominación.
El primero de ellos es la fuerza. El recurso a la fuerza, la capacidad de imponer unas normas de comportamiento mediante el ejercicio o la amenaza de la coerción física ha acompañado al Estado desde su formación, y es una de sus características más elementales.
El segundo de ellos es lo que Gramsci definió como Hegemonía. Se trata de la capacidad de generar, en los dominados, un consenso, o aceptación, del sistema de dominación establecido. En otras palabras, la aceptación del régimen por parte de la población. También es lo que la ciencia política ha llamado también Consolidación de un sistema político: la aceptación de que el régimen existente es el mejor de entre todas las opciones posibles.
No obstante, hay un tercer recurso, en realidad resultado de la evolución del anterior, en el que se basan la gran mayoría de los países de nuestro tiempo, o al menos, los países occidentales. Llamaremos a este recurso, la "capacidad de detener la historia". Este recurso consiste en generar un discurso que defiende que la historia, entendida como juego, como lucha, ya sea por la fuerza, o por la negociación y el diálogo, ya ha terminado, y ha dado como resultado lo que ahora tenemos, que no se puede cambiar. Es, en definitiva, la capacidad para romper la baraja y decir: el juego termina aquí, y el ganador soy yo, y lo que es más importante, generar un consenso alrededor de esta idea. No solo se acepta que el sistema existente es el mejor de los sistemas posibles, sino que además, no hay más sistemas posibles.

Lo mismo que hace el régimen (no solo el Gobierno) con las reivindicaciones nacionalistas de Cataluña, o las luchas sociales: la reivindicación de la independencia de los pueblos, o la lucha social estaba bien el siglo pasado, contribuyó a la liberación de los pueblos, y a construir el mundo maravilloso y libre que tenemos ahora, pero ahora ya no es legítima, y es violencia sin sentido.

Y de ahí la importancia de comprender como se han construido nuestros regímenes actuales, de ahí la importancia de las ciencias sociales críticas, para desvelar los procesos, las huellas, que los sistemas de dominación intentan borrar. Solo así seremos conscientes de que éstos no son ni eternos, ni necesarios, ni, por supuesto, invariables.

jueves, 31 de enero de 2013

Bárcenas, Rajoy y el Cuarto Poder

El escándalo de los sobres de Bárcenas ha llegado ya a la Moncloa. El río venía sonando tiempo atrás, y muchos llevábamos tiempo dando por sentado que llevaba agua, aun sin ni siquiera haberla visto; sin embargo, ahora se hace patente que todo lo que habíamos sospechado era verdad, y que además, existen pruebas al respecto.

Efectivamente, la cúpula del partido del gobierno ha estado cobrando dinero negro, por un valor medio de al menos diez veces el salario mínimo que a muchos nos proponen cobrar. Pero eso es solo la punta del iceberg: tras el inocente gesto de un sobre pasado bajo mano, para pagarse alguna que otra frivolidad lejos del alcance de la gente de a pie, se esconde una trama de relaciones clientelares mucho más compleja.

Yo soy un promotor inmobiliario, un constructor o cualquier otra empresa; tu eres un político, que decide a quien asignarle obras y contratas públicas. yo te doy a tí un donativo, y tu me concedes a mí la contrata; así todo queda entre amigos, y todos salimos ganando. Bueno, todos menos la ciudadanía que tiene que soportar aeropuertos sin aviones, edificios que se caen, o obras del todo inútiles, que pierden dinero desde el mismo momento en que se ponen en funcionamiento. Además, esta misma ciudadanía es la que luego tiene que soportar urgencias cerradas, repagos sanitarios  despidos de funcionarios, subidas de tasas universitarias y todo el largo etcétera de siempre, ya  que el dinero se ha gastado en pagar obras sobrepresupuestadas. Por supuesto, llega la hora de la verdad, se acaba el dinero, y resulta que los encargados de sacarnos de esta situación son los mismos que durante veinte años han estado viviendo a todo tren a nuestra costa.

Tan solo cabe una actuación, tanto por parte de la sociedad, como por parte del gobierno. Por la nuestra, exigir firme y unánimamente la dimisión del ejecutivo y la convocatoria de elecciones anticipadas. Por la suya, hacerlo.

Nos encontramos, de hecho, ante una oportunidad clave para exigir ésto. Un caso de corrupción prolongado en el tiempo, que tiene al actual presidente en su epicentro no es agua de borrajas, como puede ser una reforma laboral injusta, toda una procesión de recortes a cada cual más agresivo que el anterior, o unos cuantos trajes y concesiones urbanísticas en la periferia peninsular. Si nos quejamos de eso es sencillamente porque somos unos desfaenados, unos perroflautas, o sencillamente, "los de siempre", pero si nos quejamos porque la cúpula del partido popular ha estado cobrando sueldos en negro procedentes de tramas corruptas y tratos de favor, a ver quien es el chulo que nos dice que no tenemos razón. Por eso mismo pienso que este es un momento de gran importancia, y ojalá no me equivoque.

Durante este año y pico de gobierno de Rajoy había estado dándole vueltas a todos los posibles escenarios que pudieran crear una situación tan tensa como para forzar una dimisión de este catastrófico ejecutivo. Ya que las protestas sociales parecían no surtir ningún efecto, la posibilidad de una explosión de protesta social  quedaba reservada de momento para mis sueños más reconfortantes, del mismo modo que lo hacían la convocatoria de elecciones anticipadas, por lo que solo me quedaba divagar y echarle imaginación: tal vez, pensaba, la presión independentista de Cataluña sería capaz de forzar una revisión institucional profunda del modelo de 1978, y la apertura de un proceso de reforma constitucional, con un consecuente cambio de gobierno, o tal vez la sociedad civil aprendía a organizarse de una maldita vez y echaba abajo al gobierno.

Elucubraciones aparte, mi sorpresa ha sido máxima cuando quien ha provocado el escándalo ha sido un señor al que nadie esperaba ver aparecer por la fiesta. Al señor Pedro J.Ramírez, y después a sus colegas de El País, se les ha ocurrido quitarle el polvo al viejo mosquete del Cuarto Poder, y sacarla a pasear con todo el esplendor de antaño. La prensa, tan decimonónica, tan digna de los estantes de las hemerotecas y las manos de nuestros mayores, pero tan apartada por la televisión y por el monstruo de Internet, ha reaparecido en la esfera política, ha sacudido de nuevo la opinión pública como no lo hiciera desde hacía ya tiempo, y lo ha hecho con una fuerza que ha hecho tambalearse la credibilidad, ya de por sí menguada, de este gobierno.

No salgo de mi asombro hacia la prensa, y aguardo el resultado de todo este proceso con expectación. No obstante, tampoco paro de preguntarme si realmente esta será la gota que colmará el vaso, o si el vaso ya lleva rebasándose tanto tiempo que a nadie le preocupa ya ir a cerrar el grifo. Si esta última es la situación real de nuestro país, si podemos soportar seis millones de parados y una crisis económica que no tenemos por qué pagar mientras nos roban el dinero en nuestras propias narices, y encima riéndose de nosotros, que vengan los chinos y se nos lleven a producir iPads, porque desde luego, no tenemos remedio.

jueves, 8 de noviembre de 2012

El grito de la mente crítica


Cuando observas la realidad con un ojo crítico, aprendes a ver el mundo con otra perspectiva.
Se trata de ver el mundo con otra óptica, observando causas, consecuencias, procesos a largo plazo.
Cuando miras a la sociedad con esta mirada crítica, y piensas en los cinco millones y medio de parados, no piensas: "que mal esta el país". Sabes que esos parados tienen un origen, en la especulación y el ansia de riqueza, que les ha hecho pagar por los errores que otros han cometido.
Cuando miras de esta forma a la política, y ves que el partido del gobierno desangra continuamente a una población que ya sufre, no piensas "la política no sirve para nada". Sabes que ese gobierno tiene su origen en el miedo, además de en una cultura política basada en la inercia, la despreocupación, y en no calibrar las consecuencias políticas de un acto tan simple como votar, o no hacerlo.
Cuando observas detenidamente la economía y ves que los pobres cada vez son más pobres y los ricos cada vez más ricos, no piensas "eso ya se sabe y nunca va a cambiar". Piensas que es el macabro fruto de un sistema injusto, en el que contribuimos todos, por acción u omisión; en el que cada moneda de más que los ricos gastan en sus restaurantes, coches y viajes, es una moneda que se quita de la boca del resto.
Cuando eres consciente de todo esto, surge la indignación, la protesta; y "la sociedad" o "el mundo" reciben el nombre de capitalismo, y eres consciente de que existe la injusticia.
Pero todo cambia el día en el que a esos cinco millones y medio de parados se les añade uno mas. Todo cambia el día en el que hay una familia más en el camino del empobrecimiento. Todo cambia el día en el que te quitan esa moneda que te ibas a llevar a la boca, y contemplas, sin poder hacer nada, como otro se lo gasta en lujos, usurpados sin pudor ni vergüenza, ostentados con desprecio.
Todo cambia el día en que el parado eres tú, y la moneda es tuya.
Ese día el que observa críticamente la sociedad deja de ver el sistema como capitalismo, con los ojos de la indignación y la injusticia. Deja de pensar que el mecanismo de reparto de la riqueza es completamente desigual, que el paro esta causado por los intereses del sistema, o que la política es decadente.
Sencillamente, para él el sistema es ahora barbarie.
Para él, el paro, el empobrecimiento y la tristeza, engendros de la barbarie, consecuencias de un sistema que solo se expresa en términos de violencia, de desprecio y de egoísmo, son ahora bestias que arañan la puerta de su casa, que amenazan con entrar, y que empiezan a colarse poco a poco en su realidad vital.
En ese momento, ya no hay lugar para la indignación. Lo que antes era percepción consciente e interiorizada de la injusticia se transforma ahora en pura y desbocada rabia, en ganas de acometer contra todo, de destruir todo lo que es injusto y genera dolor e injusticia.
Ante la violencia del sistema, el que la sufre sin saber de donde viene esa violencia siente miedo y angustia. Pero el que la sufre y además comprende de donde viene, el que es capaz de reconocer a quien está provocándole dolor, ya no se acobarda, sino que alza la voz y grita, en una exclamación de ira desatada, de rabia, de rebelión.
Este grito rompe los oídos de quienes están alrededor. Suena muy fuerte, molesta, sobrecoge. Ya no es un enunciado que analiza, es un grito que se expresa con palabras de rabia, que busca la destrucción de aquello que odia. Este grito es violento, radical, y no admite réplicas.

No obstante, no se debe culpar al que grita. Este grito, en realidad, no tiene su origen en el oprimido. Es la cristalización de la violencia que la barbarie ha sembrado en él. Es sencillamente la reacción completamente natural y necesaria, fruto de esta violencia, y que demuestra que en el oprimido aún queda algo de humanidad. El oprimido, como simple receptáculo de la rabia, tan solo actúa por un condicionamiento natural.
No se le puede reprender el grito.

domingo, 21 de octubre de 2012

Inmunes a la Indignación

Este año 2012 está siendo el año con mayor número de movilizaciones en lo que llevamos de democracia liberal en el Estado Español.
Estas movilizaciones se hacen en contra de un gobierno que todavía no lleva un año en el poder, pero que ya ha conseguido despertar la indignación y la rabia de la población. Esta rabia es la respuesta no solo a una completa incompetencia política por parte del gobierno, sino una descarada voluntad de echar por tierra todos los mecanismos de cohesión social y atenuación de la desigualdad.
La barbarie que subyace en el sistema capitalista ha estado durante mucho tiempo contenida, o al menos maquillada de una manera que nos dejaba a casi todos los privilegiados de este lado del telón de la miseria a salvo del hambre y la pobreza. Se trata de nuestro amigo, el Estado del Bienestar.
Cuando la barbarie se libera, el monstruo al que los cínicos llaman el libre funcionamiento de la economía vuelve a operar para poner a cada uno en su sitio.
Por supuesto, este cambio opera de forma subterránea, y pocas mentes lo aprecian. Lo que si que se vuelve evidente al grueso de la población son los efectos que tiene este mecanismo: consecuencia directa de ello son los aumentos de la desigualdad, el empobrecimiento progresivo de las clases medias y la gran fuente de coerción que supone el desempleo. Esto supone, en fin, dificultades para los sectores de población que nos encontramos en las capas bajas de la pirámide, y completa miseria para los que ya hace tiempo que están hundidos en el fango. Asistir impotentes a esta situación es lo que genera los sentimientos de rabia e indignación que se liberan en las manifestaciones y otras vías de expresión del descontento.
Esta rabia e indignación han ido en aumento, como lo demuestran la mayor afluencia a las manifestaciones, el aumento de su aceptación popular, o la simple atención a las conversaciones cotidianas.
Esta claro, pues, el primer principio: la indignación ha aumentado, la gente no está de acuerdo con el estado de las cosas, y esto poca gente me lo podrá negar.

Ahora bien, esta noche asistimos a un suceso que no se puede definir de otra manera que pasmoso. Aquellos que promueven el recorte y el aumento de la miseria reciben de manos de la población un empujón de ánimo para continuar en la misma línea. (Hablo, por supuesto, de los resultados de las elecciones gallegas).
Esto se podría explicar, y seguro que algún analista socialista así lo haría, por la fuga de votos del partido mayoritario de la oposición y la fragmentación en opciones más pequeñas.También se podría explicar por la elevada abstención.
De ninguna manera podemos aceptar esta explicación. Siendo la abstención solo aproximadamente un punto superior, y contando las dos fuerzas minoritarias con al menos un escaño en cada circunscripción, por lo que ninguno de sus votos cae en saco roto, tan solo nos queda una opción posible.
Esta opción es que, mientras una parte de la población no solo se indigna, sino que reflexiona al respecto y acompaña su rabia con una acción política coherente, hay otro sector de la población que continúa defendiendo una actitud política autodestructiva, bien sea por el enorme peso de los condicionantes culturales y tradicionales, bien por vivir en un país caciquil en que autobuses del PP llevan a jubilados con alzheimer hasta la puerta del colegio electoral *, o bien, y es la opción por la que me decanto, por un simple problema de insuficiencia racional derivado de la pésima formación política y en cualquier ámbito de pensamiento social que se ha dado, se sigue dando, y de la que nos enorgullecemos en este país.

Aqui se pone de manifiesto el gran peso que tienen los factores culturales, y las grandes tradiciones en cultura política en nuestro país. Vemos el gran poder que tiene el pensamiento estereotipado para interrumpir la necesaria sucesión entre un sentimiento de desacuerdo y la necesaria acción que exprese ese sentimiento.
También puede ser, sencillamente, que en Galicia haya menos gente indignada que en el resto de España. Si es esto último, la pregunta es si en algún momento la sencilla observación de la propia realidad superará a los montajes culturales que los mecanismos de la sociedad nos inculcan.

martes, 12 de junio de 2012

Política después de los partidos


Los últimos barómetros del CIS confirman lo que algunos ya sabíamos desde mayo de 2011, que la gran mayoría de la sociedad española ha perdido completamente la confianza en los partidos políticos y, sobre todo, en sus dirigentes. La ciudadanía reniega de los políticos, todo el mundo critica su ineficacia, cuestiona sus principios, y sobre todo, da por sentado su corrupción. Para los que aspiramos a comprender los fenómenos políticos de nuestra sociedad, el hecho de que el 71,6% de la sociedad española confíe poco o nada en el presidente del gobierno y el 78,8% tampoco confíe en el líder de la oposición es un hecho mucho más que significativo, que nos hace plantearnos si el antiguo modelo de política, de líderes, partidos y binomios gobierno-oposición sigue siendo válido y, sobre todo, si sigue siendo eficaz para responder a las demandas políticas de la sociedad.
Muchos rebatirán que los resultados electorales, con la mayoría absoluta del Partido Popular, hablan por sí mismos. Dejando de un lado mentiras, y un sistema de ponderación del voto completamente injusto y que favorece a los partidos mayoritarios, tenemos que decir que estos resultados, o al menos el ascenso del PP en detrimento de los socialdemócratas era de esperar debido a lo que para la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas de este país significa ir a votar.  En un acto que dista muchísimo de un verdadero ejercicio de responsabilidad democrática, los ciudadanos y ciudadanas acuden a las urnas para elegir un sobrecito de un color o de otro. No se han leído el programa electoral del partido al que votan, y muchas veces sus criterios para elegir una opción u otra son oscuros procesos cognitivos basados más que nada en la inercia, o el prejuicio. Los del PP defienden a España, y los socialistas gobiernan mal, ya que siempre que gobiernan ellos sube el paro. O el PP son los de franco, y el PSOE defiende al obrero. Luego están los comunistas, que quieren que acabemos como en Rusia, o CiU, pero eso ya pilla más lejos.
Pensemos como la masa: en esta cultura electoral, el sonado fracaso del último gobierno socialista de Rodriguez Zapatero y la mala situación del país empujaron a muchos a votar por un partido que –por lo menos- prometía soluciones. ¿A quién vas a votar si no? Es así de simple.
Está claro que en este momento el sistema de partidos es un foco de corrupción y ineficacia, fuente de parte importante de los problemas de este país, sobre todo en el ámbito local y provincial, donde el clientelismo es la regla por excelencia. Sin embargo, ya hemos visto que la cultura política de los países occidentales está demasiado basada en ellos. No es concebible un sistema político sin partidos. La primera pregunta que me hace la gente con quien hablo de esto es: y bueno, ¿a que partido deberíamos votar? Tal vez la respuesta sea: a ninguno.
El domingo se emitió en el programa Salvados el caso de la localidad madrileña de Torrelodones. Aquí, una junta vecinal gobierna desde hace un año y ha logrado desplazar al antiguo alcalde y hacerse con la gestión municipal. Esta plataforma se presentó a las elecciones, sin identificarse con ningún partido o tendencia política concreta, simplemente lo que su propio nombre indica: Vecinos por Torrelodones. No obstante, ¿como puede un grupo de vecinos y vecinas, sin ser profesionales de la política, gestionar correctamente un ayuntamiento? Pues parece que muy bien, porque en un año, suprimiendo puestos de amiguetes, y gastos suntuarios como coches oficiales, han logrado pasar del déficit –que tanto nos preocupa- al superávit en las cuentas municipales. ¿La clave? Simplemente la filosofía que enuncia su alcaldesa: “El ayuntamiento no es mío, es de todos”
He aquí la solución a los problemas políticos de este país. Bueno, a los políticos y a los económicos, ya que, después de esto, a nadie se le ocurrirá decir que “no hay dinero”. Haberlo haylo.
Tal vez sea la hora de cambiar nuestra forma de actuación política, pasando de ideales, formulaciones teóricas y utopías, y llevando a la práctica las ganas que tenemos de un cambio real y completo. Plataformas ciudadanas que asuman el gobierno de sus localidades. Vecinos y vecinas de todos los ámbitos profesionales, -seguro que entre ellos habrá personas realmente competentes- que gestionen lo público buscando, sencillamente, el bien de las personas del municipio. Juntas -como tantas veces hemos formado en la historia de nuestro país-, que estén controladas desde abajo, completamente supervisadas por la ciudadanía, para garantizar que sirvan a ésta y no a intereses clientelares. Deben formarse autogobiernos municipales, y lograr el éxito en el ámbito mínimo, para después articularse y extenderse hacia arriba, hacia la organización provincial y autonómica, para llegar finalmente al gobierno central del Estado y acabar con la superestructura de corrupción e intereses que ha llevado a este país a la ruina. No obstante, tenemos que tener algo claro: se acabó el salir a la calle a protestar para que los líderes políticos solucionen los problemas sociales. Debemos salir de nuestras casas, sí, pero para entrar en los ayuntamientos y en las Cortes a solucionarlos por nosotros mismos. Es el momento de dar un giro completo, de que la indignación se convierta en acción, y de que el cambio que tan fehacientemente deseamos y reclamamos venga de nuestra propia mano, porque nadie ha de hacerlo por nosotros.

viernes, 18 de mayo de 2012

No estamos solos


Para algunos solo somos vagos que no quieren estudiar, para otros somos un futuro perdido, en cambio hay personas que ven en nosotros un ejemplo de lucha. Cuando haces una huelga y la respuesta del gobierno no es otra que la represión o más recortes disfrazados de “ajustes necesarios”, desmotiva. Igual que desespera el hecho de que tus mismos compañeros estudiantes estén en contra de huelgas que no cambiarán nada y que lo único que hacen es perjudicarnos a nosotros mismos.

Pero ahora no es el momento de venirse abajo. Precisamente hoy tenemos más motivos para seguir luchando que nunca y lo que es más importante, más apoyos que antes. No solo trabajadores como los conductores de ferrocarriles o esas abuelitas que se asoman a los balcones de su casa y aplauden mientras la manifestación pasa, sino que estamos empezando a crear una conciencia estudiantil colectiva a nivel internacional. Aún queda mucho por hacer pero no estamos solos.

En cuatro días comienza una jornada de lucha y movilizaciones que puede cambiar muchas cosas, solo tenemos que creer en la capacidad que tenemos para hacerlo. Estamos avanzando y aún tenemos tiempo para seguir creciendo. Ahí van algunos ejemplos de la fuerza que tenemos. Ejemplos que, aunque son ignorados por los grandes medios, están ahí y que son el camino a seguir.

El campus universitario de la Universidad de Barcelona en Mundet se ha declarado en huelga indefinida. Los profesores que están apoyando a sus alumnos han dado un aprobado general.

En la Universidad Autónoma de Barcelona se ha convocado huelga los días 22, 23 y 24. El 25 se celebrará una asamblea intercampus, con todas las universidades, en Plaza Catalunya para decir que camino seguir.

En Sevilla una asamblea masiva ha decidido parar la actividad docente durante dos semanas.

La Universidad Pablo Olavide ha convocado un paro desde el 22 al 31 con el apoyo de la gran mayoría de profesores.

En Valencia apoyarán la huelga del día 22 y se plantean seguir el camino hacia la huelga indefinida.

En Castellón el Front d’Estudiants ha ganado las elecciones en el consejo de estudiantes. Se trata de un grupo de estudiantes partidarios de una universidad pública que tienen mucho que decir todavía.

En Chile llevan 8 meses de huelga indefinida. Y en Quebec las movilizaciones continuan.

Por todo esto, por lo que nos queda por hacer y porque lo vamos a conseguir… Seguiremos luchando. No estem sols!!!

Molts ànims a totes les estudiants en la nova setmana de lluita!  

domingo, 6 de mayo de 2012

¿Un verdadero giro a la izquierda?


El giro

Se ha abierto, definitivamente, una nueva dinámica en la política europea.
Podríamos decir que asistimos a una primera derrota del neoliberalismo desde que comenzó la crisis del euro. Una derrota provocada por la decisión soberana de la sociedad francesa, que ha renegado del neoliberalismo en una de sus figuras más emblemáticas. Muchos dirán que se termina el tándem de poder franco-alemán, y con él las políticas de ajuste que se han venido imponiendo al resto de gobiernos de la zona Euro. Precisamente, el candidato socialista francés llega al poder enarbolando la bandera del crecimiento económico como solución alternativa  a la austeridad y los ajustes. Podríamos decir que se ha producido un cambio de sentido en Europa. Un cambio que deberá consolidarse el año que viene en las elecciones alemana, y que supondrá, por fin la apertura de un horizonte mucho más alentador para la política de esta Europa cada vez más interdependiente, que tal vez nos lleve a una salida más justa y social de la crisis.
No obstante, se hace necesario matizar algunos aspectos al respecto de este supuesto cambio político europeo. En primer lugar, no debemos olvidar que asistimos al relevo de otro de los líderes de la crisis; otro que, en la estela de tantos otros dirigentes europeos, ve desvanecerse su cargo por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. No debemos olvidar que no hace ni medio año que los españoles optamos por un neoliberalismo salvaje, llegando casi a enterrar a la izquierda por creerla muerta. Esta misma izquierda ahora se alza victoriosa en el país vecino, por lo que la contradicción está servida.
En esta misma línea también es paradigmático el caso de Grecia. El país más castigado por la crisis se distancia de los dos partidos mayoritarios, habiendo conocido ambos un gobierno de crisis, y opta por soluciones alternativas. Esto desmiente el mito de un posible “giro a la izquierda” europeo; y es que, por el momento solo la Europa del gran capital es homogénea, y las diferentes realidades de los diferentes países reflejan que las dinámicas políticas de centro y periferia son radicalmente distintas.
Debemos conceder a la victoria de Hollande la importancia que tiene: en este momento, Europa está enredada en una dinámica donde lo que se decida en los centros europeos va a tener preferencia sobre cualquier decisión estatal. Un cambio en uno de los países con mayor poder de decisión traerá sin duda un cambio en la política económica europea.

La izquierda

El segundo aspecto sobre el que cabe llamar la atención, es la ya comentada bandera con la que Hollande llega a la presidencia de la vecina república: el Crecimiento. Esto no nos dice demasiado. No nos dice si, por ejemplo, va a frenar en seco el ciclo de privatizaciones con el que ya venía colaborando la socialdemocracia europea antes de la crisis, o simplemente  va a centrarse en una política activa de estímulo de la actividad económica. No nos dice si va a haber un cambio de rumbo en lo que se refiere a la política de inmigración, o si se va a permitir que siga extendiéndose la xenofobia que parece contagiarse entre la sociedad francesa. Tampoco nos dice si va a haber un verdadero cambio en las instituciones europeas, o va a continuar el escaso control democrático sobre el poder del Banco Central Europeo y sus profetas del neoliberalismo que niegan cualquier intervención activa que ayude a la economía pública de los Estados. Por supuesto, no habla de mayor democratización, ni de control de los Bancos. Tan solo se habla de crecimiento. Una palabra que, entre la izquierda francesa previa a la crisis tenía un significado mucho más negativo, pero que ahora parece ya olvidado*.
Con la palabra “crecimiento” se remite, necesariamente, al modelo económico que dominaba Europa antes de la crisis: el de la expansión económica indiscriminada. Un crecimiento económico que permite una mejora de las condiciones de  vida de las clases medias, pero también trae consigo la opacidad y el aumento cada vez mayor de los privilegios de las clases dirigentes: servicios públicos a cambio de sueldos multimillonarios. Pero sobre todo, este crecimiento económico trae consigo una consecuencia aun más desastrosa: el aumento de la presión sobre el planeta, tanto sobreexplotación de los recursos naturales, como contaminación del entorno, o como explotación de las poblaciones de otros países.
Europa busca salir de la crisis por el crecimiento. Un crecimiento para el que necesitará un sector de mercado, un trozo de planeta del que extraer los recursos, y otro sobre el que verter los residuos. Precisamente ahora, que los BRIC, las nuevas potencias emergentes, han aumentado su demanda de trozo de planeta, aprovechando el retroceso de las antiguas potencias económicas.
Una derrota del neoliberalismo será siempre beneficiosa, y la moderación de la política de ajuste de servicios públicos también. Pero para salir de esta crisis estructural en la que estamos metidos, no nos sirve la socialdemocracia, no nos sirven las soluciones keynesianas de los 50, y por supuesto, no nos sirve el crecimiento.

“Cualquiera que crea que el crecimiento exponencial puede continuar indefinidamente en un mundo finito, es un loco o un economista.”
- Kenneth Boulding

*La Decroissance, Decrecimiento en español, es una corriente de pensamiento económico y social, surgido en Francia, y que ganó una importancia creciente en los años previos a la crisis. Esta corriente busca el progreso hacia un nuevo modelo económico no basado en el crecimiento indiscriminado e insostenible, sino en una simplificación de la economía y la sociedad.
http://www.youtube.com/watch?v=gtQmmaw8sG0&feature=player_embedded Primera parte de un video explicativo de la corriente.