El escándalo de los sobres de Bárcenas ha llegado ya a la Moncloa. El río venía sonando tiempo atrás, y muchos llevábamos tiempo dando por sentado que llevaba agua, aun sin ni siquiera haberla visto; sin embargo, ahora se hace patente que todo lo que habíamos sospechado era verdad, y que además, existen pruebas al respecto.
Efectivamente, la cúpula del partido del gobierno ha estado cobrando dinero negro, por un valor medio de al menos diez veces el salario mínimo que a muchos nos proponen cobrar. Pero eso es solo la punta del iceberg: tras el inocente gesto de un sobre pasado bajo mano, para pagarse alguna que otra frivolidad lejos del alcance de la gente de a pie, se esconde una trama de relaciones clientelares mucho más compleja.
Yo soy un promotor inmobiliario, un constructor o cualquier otra empresa; tu eres un político, que decide a quien asignarle obras y contratas públicas. yo te doy a tí un donativo, y tu me concedes a mí la contrata; así todo queda entre amigos, y todos salimos ganando. Bueno, todos menos la ciudadanía que tiene que soportar aeropuertos sin aviones, edificios que se caen, o obras del todo inútiles, que pierden dinero desde el mismo momento en que se ponen en funcionamiento. Además, esta misma ciudadanía es la que luego tiene que soportar urgencias cerradas, repagos sanitarios despidos de funcionarios, subidas de tasas universitarias y todo el largo etcétera de siempre, ya que el dinero se ha gastado en pagar obras sobrepresupuestadas. Por supuesto, llega la hora de la verdad, se acaba el dinero, y resulta que los encargados de sacarnos de esta situación son los mismos que durante veinte años han estado viviendo a todo tren a nuestra costa.
Tan solo cabe una actuación, tanto por parte de la sociedad, como por parte del gobierno. Por la nuestra, exigir firme y unánimamente la dimisión del ejecutivo y la convocatoria de elecciones anticipadas. Por la suya, hacerlo.
Nos encontramos, de hecho, ante una oportunidad clave para exigir ésto. Un caso de corrupción prolongado en el tiempo, que tiene al actual presidente en su epicentro no es agua de borrajas, como puede ser una reforma laboral injusta, toda una procesión de recortes a cada cual más agresivo que el anterior, o unos cuantos trajes y concesiones urbanísticas en la periferia peninsular. Si nos quejamos de eso es sencillamente porque somos unos desfaenados, unos perroflautas, o sencillamente, "los de siempre", pero si nos quejamos porque la cúpula del partido popular ha estado cobrando sueldos en negro procedentes de tramas corruptas y tratos de favor, a ver quien es el chulo que nos dice que no tenemos razón. Por eso mismo pienso que este es un momento de gran importancia, y ojalá no me equivoque.
Durante este año y pico de gobierno de Rajoy había estado dándole vueltas a todos los posibles escenarios que pudieran crear una situación tan tensa como para forzar una dimisión de este catastrófico ejecutivo. Ya que las protestas sociales parecían no surtir ningún efecto, la posibilidad de una explosión de protesta social quedaba reservada de momento para mis sueños más reconfortantes, del mismo modo que lo hacían la convocatoria de elecciones anticipadas, por lo que solo me quedaba divagar y echarle imaginación: tal vez, pensaba, la presión independentista de Cataluña sería capaz de forzar una revisión institucional profunda del modelo de 1978, y la apertura de un proceso de reforma constitucional, con un consecuente cambio de gobierno, o tal vez la sociedad civil aprendía a organizarse de una maldita vez y echaba abajo al gobierno.
Elucubraciones aparte, mi sorpresa ha sido máxima cuando quien ha provocado el escándalo ha sido un señor al que nadie esperaba ver aparecer por la fiesta. Al señor Pedro J.Ramírez, y después a sus colegas de El País, se les ha ocurrido quitarle el polvo al viejo mosquete del Cuarto Poder, y sacarla a pasear con todo el esplendor de antaño. La prensa, tan decimonónica, tan digna de los estantes de las hemerotecas y las manos de nuestros mayores, pero tan apartada por la televisión y por el monstruo de Internet, ha reaparecido en la esfera política, ha sacudido de nuevo la opinión pública como no lo hiciera desde hacía ya tiempo, y lo ha hecho con una fuerza que ha hecho tambalearse la credibilidad, ya de por sí menguada, de este gobierno.
No salgo de mi asombro hacia la prensa, y aguardo el resultado de todo este proceso con expectación. No obstante, tampoco paro de preguntarme si realmente esta será la gota que colmará el vaso, o si el vaso ya lleva rebasándose tanto tiempo que a nadie le preocupa ya ir a cerrar el grifo. Si esta última es la situación real de nuestro país, si podemos soportar seis millones de parados y una crisis económica que no tenemos por qué pagar mientras nos roban el dinero en nuestras propias narices, y encima riéndose de nosotros, que vengan los chinos y se nos lleven a producir iPads, porque desde luego, no tenemos remedio.
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jueves, 31 de enero de 2013
martes, 12 de junio de 2012
Política después de los partidos
Los últimos barómetros del CIS confirman lo que algunos ya sabíamos
desde mayo de 2011, que la gran mayoría de la sociedad española ha perdido
completamente la confianza en los partidos políticos y, sobre todo, en sus
dirigentes. La ciudadanía reniega de los políticos, todo el mundo critica su
ineficacia, cuestiona sus principios, y sobre todo, da por sentado su
corrupción. Para los que aspiramos a comprender los fenómenos políticos de
nuestra sociedad, el hecho de que el 71,6% de la sociedad española confíe poco
o nada en el presidente del gobierno y el 78,8% tampoco confíe en el líder de
la oposición es un hecho mucho más que significativo, que nos hace plantearnos
si el antiguo modelo de política, de líderes, partidos y binomios
gobierno-oposición sigue siendo válido y, sobre todo, si sigue siendo eficaz
para responder a las demandas políticas de la sociedad.
Muchos rebatirán que los resultados
electorales, con la mayoría absoluta del Partido Popular, hablan por sí mismos.
Dejando de un lado mentiras, y un sistema de ponderación del voto completamente
injusto y que favorece a los partidos mayoritarios, tenemos que decir que estos
resultados, o al menos el ascenso del PP en detrimento de los socialdemócratas
era de esperar debido a lo que para la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas de
este país significa ir a votar. En un
acto que dista muchísimo de un verdadero ejercicio de responsabilidad
democrática, los ciudadanos y ciudadanas acuden a las urnas para elegir un
sobrecito de un color o de otro. No se han leído el programa electoral del
partido al que votan, y muchas veces sus criterios para elegir una opción u
otra son oscuros procesos cognitivos basados más que nada en la inercia, o el
prejuicio. Los del PP defienden a España, y los socialistas gobiernan mal, ya
que siempre que gobiernan ellos sube el paro. O el PP son los de franco, y el
PSOE defiende al obrero. Luego están los comunistas, que quieren que acabemos
como en Rusia, o CiU, pero eso ya pilla más lejos.
Pensemos como la masa: en esta
cultura electoral, el sonado fracaso del último gobierno socialista de
Rodriguez Zapatero y la mala situación del país empujaron a muchos a votar por
un partido que –por lo menos- prometía soluciones.
¿A quién vas a votar si no? Es así de simple.
Está claro que en este momento
el sistema de partidos es un foco de corrupción y ineficacia, fuente de parte
importante de los problemas de este país, sobre todo en el ámbito local y
provincial, donde el clientelismo es la regla por excelencia. Sin embargo, ya hemos visto que la cultura política de los países occidentales está demasiado basada en ellos. No es concebible un sistema político sin partidos. La primera pregunta que me hace la gente con quien hablo de esto es: y bueno, ¿a que partido deberíamos votar? Tal vez la respuesta sea: a ninguno.
El domingo se emitió en el
programa Salvados el caso de la
localidad madrileña de Torrelodones. Aquí, una junta vecinal gobierna desde
hace un año y ha logrado desplazar al antiguo alcalde
y hacerse con la gestión municipal. Esta plataforma se presentó a las elecciones, sin identificarse con ningún partido o tendencia política concreta, simplemente lo que su propio nombre indica: Vecinos por Torrelodones. No obstante, ¿como puede un grupo de vecinos y vecinas, sin ser profesionales de la política, gestionar correctamente un ayuntamiento? Pues parece que muy bien, porque en un año, suprimiendo puestos de amiguetes, y gastos suntuarios como coches
oficiales, han logrado pasar del déficit –que tanto nos preocupa- al
superávit en las cuentas municipales. ¿La clave? Simplemente la filosofía que enuncia su alcaldesa: “El ayuntamiento no es mío,
es de todos”.
He aquí la solución a los problemas políticos de este país.
Bueno, a los políticos y a los económicos, ya que, después de esto, a nadie se
le ocurrirá decir que “no hay dinero”. Haberlo haylo.
Tal vez sea la hora de cambiar
nuestra forma de actuación política, pasando de ideales, formulaciones teóricas
y utopías, y llevando a la práctica las ganas que tenemos de un cambio real y
completo. Plataformas ciudadanas que asuman el gobierno de sus localidades.
Vecinos y vecinas de todos los ámbitos profesionales, -seguro que entre ellos habrá personas realmente competentes- que gestionen lo público
buscando, sencillamente, el bien de las personas del municipio. Juntas -como
tantas veces hemos formado en la historia de nuestro país-, que estén
controladas desde abajo, completamente supervisadas por la ciudadanía, para
garantizar que sirvan a ésta y no a intereses clientelares. Deben formarse autogobiernos
municipales, y lograr el éxito en el ámbito mínimo, para después articularse y extenderse hacia arriba, hacia la organización provincial y
autonómica, para llegar finalmente al gobierno central del Estado y acabar con
la superestructura de corrupción e intereses que ha llevado a este país a la
ruina. No obstante, tenemos que tener algo claro: se acabó el salir a la calle a protestar para que los líderes políticos
solucionen los problemas sociales. Debemos salir de nuestras casas, sí, pero para entrar en los ayuntamientos y en las
Cortes a solucionarlos por nosotros mismos. Es el momento de dar un giro
completo, de que la indignación se convierta en acción, y de que el cambio que
tan fehacientemente deseamos y reclamamos venga de nuestra propia mano, porque nadie ha de hacerlo por nosotros.
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